miércoles, 4 de mayo de 2016

FRANCISCO FERNÁNDEZ DE BÉTHENCOURT, GENTILHOMBRE DE CÁMARA CON EJERCICIO

Ponencia presentada durante las Jornadas de Heráldica de Canarias, celebradas los días 22 y 23 de abril de 2016 en el Salón Noble del Ayuntamiento de La Orotava.


ALFONSO SORIANO Y BENÍTEZ DE LUGO


Nacido el 2 de octubre de 1936, Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid, fue profesor del Instituto Nacional de Administración Pública. Hasta en cinco legistaturas fue elegido diputado por la provincia de Santa Cruz de Tenerife, la primera de ellas en 1977 durante el proceso constituyente. En las de 1979 ocupó escaño en el Senado. Fue el primer presidente del ente preautonómico, la conocida como Junta de Canarias, de la que emanó el proyecto de Estatuto de Autonomía.

Entre sus obras podemos leer Cien años de la primera visita regia a Canarias, escrita en 2006 con motivo de cumplirse el centenario de la visita del primer monarca español a Canarias.

Últimamente ha visto la luz pública Corte y Sociedad: canarios al servicio de la Corona, en el que repasa la biografía de los canarios que han estado al servicio de la Corona en distintas épocas. Entre los personajes que recoge se encuentra Francisco Fernández de Béthencourt.


FRANCISCO FERNÁNDEZ DE BÉTHENCOURT, GENTILHOMBRE DE CÁMARA CON EJERCICIO



Don Francisco Fernández de Béthencourt nació en el Puerto de Arrecife de Lanzarote el 27 de julio de 1850 y fue bautizado en la parroquia de San Ginés el 3 de agosto siguiente. Fueron sus padres Don Francisco Ramón Fernández-Martínez y Delgado, capitán de la marina mercante y Doña María de la Concepción de Béthencourt-Ayala y Múxica; sus abuelos paternos: Don Pedro Ramón Fernández-Prieto y Martínez, nacido en Sevilla en 1764 y Doña Antonia Delgado y Delgado, también nacida en Sevilla en 1786; y los maternos: Don José Luís de Béthencourt y Arbelo, comandante graduado de las Milicias provinciales y regidor de Lanzarote y Doña Amara de Múxica y Aguilar[1]

Comenzó Don Francisco sus estudios en el seminario diocesano de Las Palmas de Gran Canaria y después de abandonar la carrera eclesiástica pasó a la facultad de Derecho de la Universidad de La Laguna. Pero desde muy joven se dedicó al periodismo y a la poesía desde las páginas de publicaciones insulares como Revista de Canarias, mostrando una ideología fundamentada en el amor a la tradición, acendrada religiosidad y defensor a ultranza de la raíz española de las Islas. Fundó dos periódicos de inspiración monárquica y corta existencia: La Lealtad, que sólo se publicó entre enero y abril de 1874, pues al mes sacó, también bajo su dirección La Lealtad Canaria, hasta 1879. En noviembre del primer año fue suspendida la edición durante un mes, por orden gubernativa, por lo que, en ese espacio de tiempo, editó El Eco de las Islas, dentro de la misma línea editorial. Luego fue director de El Progreso de Canarias, de enero a noviembre de 1880, hasta que lo sustituyó Don Pedro Schwartz y Mattos. 

Estudiando en La Laguna fue admitido como Miembro de Número de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife en la sesión celebrada por esta Corporación el 11 de julio de 1870, cuando sólo contaba 19 años de edad. 


Como dice Emilio Alfaro Hardisson “…mientras sus coetáneos de la escuela regionalista (como Tabares Bartlett, nacido también en 1850 y así mismo gentilhombre de cámara) buscaban las raíces de la identidad canaria en el mundo aborigen, Fernández de Béthencourt prefirió fundarlas “. Reflejo de ello son sus artículos “De antaño y hogaño en las Islas Canarias” y “Aniversario de la Conquista”. Por ello, donde de verdad destacó fue en el campo de sus aficiones de carácter histórico y genealógico en el que encontró el mejor abono para desarrollar su concepto de la hidalguía y en el que tal vez influyó, como dice el profesor Peraza y Ayala en la Introducción al “Nobiliario de Canarias”, “…el hecho de corresponderle por su línea materna el apellido Béthencourt, cuya resonancia histórica y legendaria recordación en las Islas se prestaba, sin duda, a que la natural inquietud por el saber fuese en él orientada hacia el conocimiento del pasado de su país y a una especial predilección por desentrañar la genealogía del mismo”. 

Investigó los archivos particulares de las familias, elaborando como fruto de estas pequisas el “Nobiliario y Blasón de Canarias”, que apareció entre 1878 y 1886, cuyos siete tomos son el más vasto repertorio de la vida nobiliaria del Archipiélago desde su conquista. La Real Academia de la Historia premió tan estimable trabajo nombrándole académico correspondiente en Canarias el 12 de abril de 1879. 

Trasladado a Madrid en 1874, con 24 años y en pleno periodo revolucionario – donde obtiene en 1879 la licenciatura en derecho por la universidad Central, que había iniciado en La Laguna – da a la luz pública obras de carácter nacional que, siguiendo a Peraza de Ayala “…le dieron universal renombre y merecido prestigio científico”. En 1880 comienza a editar – continuándolo por espacio de once años – los “Anales de la Nobleza de España”, que suspendió por la constante labor que le exigía la obra de más empeño titulada “Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española” en la que estudió en palabras de Don Antonio Maura, desde sus orígenes, las estirpes, las hazañas y los servicios de las grandes Casas de la Nobleza española, y cuyo primer tomo apareció en 1897. De esta su obra “grande” como él mismo la llamaba, dejó publicados nueve tomos y el décimo en prensa. En 1908 reanudó la publicación del “Anuario de la Nobleza” y en el once y último tomo – años 1915 y 1916 -, también obra póstuma, publicada en 1917, se reseñan sus publicaciones, así como su biografía, que hemos seguido. 

Cuando contaba con 45 años, por Real Decreto de la Reina Regente, Doña María Cristina, de 17 de julio de 1895, en nombre de su hijo el Rey Alfonso XIII, entonces menor de edad, fue nombrado gentilhombre de cámara con ejercicio, prestando juramento de fidelidad a la Reina Regente y al Rey Alfonso XIII, con arreglo al ceremonial establecido en el protocolo, en el palacio real de Madrid el día 13 de noviembre del mismo año, en manos del XVIII duque de Medina-Sidonia, Don José Joaquín Álvarez de Toledo y Silva, Jefe superior de palacio y caballerizo mayor de S.M. 



Por esta época eran muy pocos los canarios que ocupaban cargos en la Corte. Don Jacinto León y Barrera (1840-1897), nombrado gentilhombre por el rey Alfonso XII el 31 de enero de 1882, coronel primer jefe del escuadrón de la escolta real de caballería y luego brigadier del ejército; Don Imeldo Serís-Granier y Blanco, VIII marqués de Villasegura (1849-1904), nombrado por la reina Isabel II en el exilio el 21 de enero de 1883 gentilhombre, su secretario particular y jefe de todos los asuntos de su Real Casa, ratificado por AlfonsoXII el 10 de octubre de 1884, diputado y senador; Don José de León-Huerta y Molina, IX marqués de Villafuerte, XIII marqués consorte de Valparaíso (Grande de España) (1828-1901), senador por Canarias, nombrado gentilhombre por la Reina Regente el 14 de diciembre de 1888. 

Fernández de Béthencourt tuvo gran ascendencia en la Casa Real e influyó en los sucesivos nombramientos. Así ocurrió con el posterior gentilhombre de Cámara canario nombrado el 24 de abril de 1901: Don Luís José Van de Walle y Quintana, VI marqués de Guisla Ghiselín (1851-1924). En carta de fecha 22 de marzo de 1901 don Francisco lo presenta al duque de Sotomayor en los siguientes términos: “Tengo el gusto de presentar a Vd. al que lo es mío muy íntimo y paisano, señor marqués de Guisla Ghiselín, que me dice que tiene que dar a Vd. un recado de parte de Su Magestad la Reina Regente”. Como la Reina había recibido al marqués el día anterior es fácil suponer que se trataba de su nombramiento de gentilhombre. También propuso al Rey la relación de personas nombradas gentil hombres de Cámara con motivo de [su viaje] a Canarias en 1906[2]




Ya el 18 de noviembre de 1898 fue propuesto para ocupar una vacante en la Real Academia de la Historia, pero entonces no obtuvo la plaza que fue a parar a Don Mariano Carlos Solano y Gálvez, marqués de Monsalud. Pero el 8 de abril de 1900 fue de nuevo propuesto por varios académicos y la Real Academia de la Historia le abría sus puertas como Individuo de número, elegido el 1 de junio de dicho año, leyendo en el acto de su recepción, el 29 de junio siguiente, un interesante discurso sobre “La Genealogía y la Heráldica en la Historia”. La contestación corrió a cargo de Don Francisco Rafael de Uhagón y Guardamino (1858-1927), primer marqués de Laurencín, presidente de la Real Academia de la Historia, senador del Reino y caballero de Calatraba. Desde entonces sus deberes académicos ocuparon la vida de Fernández de Béthencourt, mereciendo ser nombrado censor de la Corporación, cargo que desempeñó hasta su muerte. Hasta ocho discursos leyó Don Francisco en la sede de la Real Academia de la Historia, entre ellos, el 9 de mayo de 1905, para conmemorar el tercer centenario de la primera aparición del Quijote, muchos de ellos presididos por los Reyes de España, que le honraban así con su asistencia. 



Tuvo una fugaz participación en política, en dos ocasiones en que representó a su tierra nativa: primero en el Congreso de los Diputados donde obtuvo un escaño en las elecciones celebradas el 1 de febrero de 1891, bajo un gobierno conservador de Cánovas, en las que derrotó a Pérez Zamora[3] y después en el Senado en las elecciones de 10 de mayo de 1903[4]. Sin embargo su breve actividad política no logró desviar su atención de los estudios históricos que siempre prevalecieron sobre aquella. 

El 4 de mayo de 1913 en la gran velada, con motivo de la inauguración de la catedral de La Laguna (Tenerife), presidida por el obispo de la Diócesis, Don Nicolás Rey Redondo, leyó en el nuevo templo, días antes de su inauguración, un discurso en medio del entusiasmo de sus paisanos después de tan larga ausencia de las Islas y en la noche del día 11 siguiente participó en la Fiesta de Arte que celebró el Ateneo de La Laguna, invitado por su presidente Don Manuel Ossuna, donde también fue muy aplaudido. Es de destacar que siempre se mantuvo en contacto con Canarias y atento a todos los acontecimientos que en ella se producían. Por solo citar un ejemplo, cuando en 903 se constituyó en Madrid una comisión para le erección de un monumento de Don Leopoldo O`Donell, I duque de Tetuán, en Santa Cruz de Tenerife, ciudad de su nacimiento, figuró como uno de sus miembros, junto con León y Castillo, luego I marqués de Muni, el duque de Híjar, marqués de Casa Laiglesia, Imeldo Serís, marqués de Villasegura, Don Juan García del Castillo, conde de Belascoaín, Don Antonio Domínguez Alfondo, Don Pedro Poggio…etc. 

Muchas de las corporaciones científicas de España y el extranjero le honraron eligiéndole miembro de ellas, así la de las Buenas Letras de Sevilla; la de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Artes de Córdoba; la Academia Imperial y Real “Adle” de Viena; la Real Academia Heráldica de Pisa… etc. Fue presidente de honor del Collegio Araldico di Roma y del Consejo Heráldico de Francia, del que fue su delegado general en España. Se encontraba en posesión de las grandes cruces de la Concepción de Villaescusa de Portugal y de San Olaw de Noruega y, si bien Peraza de Ayala le atribuye la gran cruz de Isabel la Católica, en la biografía de Fernández de Béthencourt que aparece en su obra póstuma editada en 1917, a poco de morir – Anuario de la Nobleza Española”, tomo V, años 1915 y 1916 - y que firma M.L.V. (Miguel Lasso de la Vega que la revisó) éste afirma que “…únicamente no cruzó su pecho ninguna banda de gran cruz de las Órdenes españolas, cuando se prodigan sin tasa a personas sin méritos”- 



La Academia Española lo eligió su Individuo de número el 27 de noviembre de 1913, tomando posesión de la silla “K” el 10 de mayo de 1914, leyendo en el acto de su recepción – presidido por la Infanta Doña Paz y su presidente Don Antonio Maura – un discurso sobre “Las Letras y los Grandes”, en el que rememoró las figuras destacadas de la nobleza que ocuparon asiento en tan prestigiosa institución, desde que la fundara el rey Felipe V en 1713[5], reprobando con vehemencia, a ratos con severidad extrema – como dijo Maura en su discurso necrológico – la apatía de la aristocracia española, mostrando vivos anhelos de que volviese a ejercer los altos ministerios de principal clase directora en la sociedad y en el Estado. Le contestó Don Emiliano Cotarelo y Mori (1857-1936), secretario perpetuo de la Real Academia, senador del Reino y destacado erudito, autor de numerosas obras, entre ellas “Iriarte y su época” (1897). 



Como ha señalado Gaviño Franchi, sólo entre los canarios, Don Antonio Polier y Sopranis, I marqués de Bajamar, y Don Francisco Fernández de Béthencourt pertenecieron a las Reales Academias de la Histoia y de la Lengua o Española, ocupando ambos, curiosamente, el mismo sillón “K”, el primero entre 1790-1813 y el segundo entre 1914-1916. 

De Fernández de Béthecourt puede decirse que abrió nuevas perspectivas para el estudio de la genealogía con metodología científica. Peraza de Ayala señala que “…el extraordinario valor técnico de sus obras, unido a la magistral exposición de su castiza pluma, hizo que la crítica de sus contemporáneos, lejos de serle adversa, se pronunciase en general de modo elogioso o con imparcial respeto por esta clase de estudos”, por lo que, “puede ser considerado como el fundador de la Historia Genealógica moderna en España y el primer divulgador de los métodos de la Escuela de Borel”[6]. Y su biógrafo Miguel Lasso de la Vega, refiriéndose a su numerosa obra genealógica dice que “…a más de esas manifestaciones enérgicas de su clara inteligencia, ponía a contribución su profundo saber con la colaboración asidua en revistas y periódicos sobre cuestiones nobiliarias, siempre en defensa de la verdad y de los ideales generosos de su corazón que encarnaba en la Monarquía”. 

“Finalmente – dice el citado biógrafo - su naturaleza nunca reacia para el trabajo y sus facultades extraordinarias, sobre todo aquella su portentosa memoria, recibieron rudo y casi decisivo golpe con el ataque de himiplejía que le sobrevino el 21 de febrero de 1915, cuando en plena Academia de la Historia terminaba de leer el último de sus magistrales discursos contestando al general Martín Arrúe; perdido para la ciencia, aunque la vida le duró más de un año, consagró los momentos que le enfermedad le dejaba a sus amores: el tomo X de la “Historia Genealógica..” y al presente tomo del Anuario, como el prólogo debido a su pluma, que sigue a continuación, lo demuestra, sobre todo en sus primeras líneas, que reflejan el último esfuerzo, dedicado cariñosamente a sus buenos amigos”. 



“El restaurador de los estudios genealógicos en nuestras Patria, perdida a fines de la XVIII centuria la pujanza y la gran altura científica a que los levantara en el XVII Don Luís Salazar y Castro, falleció, soltero, en Madrid el 2 de abril de 1916”, cuando aún no había cumplido los 66 años, a las once de la noche en su domicilio del Paseo de la Castellana (algunos autores, entre ellos Eliseo Izquierdo en “Periodistas Canarios” y el Diccionario Enciclopedia Espasa-Calpe dicen que en Alicante) “…después de una vida consagrada al estudio y fecunda para las letras españolas” como concluye Lasso de la Vega. Presidió el duelo el obispo de Madrid-Alcalá, el director de la Real Academia de la Historia, Don Antonio Maura, que presidía la Comisión oficial de esta Real Academia, completada con los señores Don Adolfo Herrera, el conde de Cedillo, Don Jerónimo López de Ayala y Álvarez de Toledo y el barón de la Vega de Hoz, Don Enrique Leguina y Vidal. 

Fue sepultado en la Sacremental de San Justo de Madrid al siguiente día 3 y el miércoles día 5 la Real Academia Española le rendía homenaje, cuando faltaba poco para cumplirse dos años de académico, con la intervención del director de la Academia, Don Antonio Maura, en la que calificó a Béthencourt de “…persona tan afable, de tan extremada cortesía y tan caballerosa, que ahora, al conocimiento de la gran pérdida que hace la Academia, se antepone el sentimiento de nuestro afecto personal”, haciendo su elogio al decir que “…acertaba cuando hallaba inseparable el conocimiento cabal y verdadero de nuestra Historia y el de las estirpes y hazañas de quienes en la formación de la Patria tuvieron parte tan principal y tan gloriosa”. 



Sus últimas obras públicas fueron un folleto titulado “La Corona y la Nobleza de España” y el libro titulado “Príncipes y Caballeros”, recolección de varios escritos suyos dispersos en publicaciones periódicas. 




[1] La familia Fernández, que usó también los apellidos compuestos Fernández-Prieto y Fernández-Martínez, de origen sevillano se estableció en Santa Cruz de Tenerife en torno a 1810 huyendo de los franceses, que entraban en la ciudad hispalense en plena Guerra de la Independencia, con Don Pedro Fernández Prieto, natural de Sevilla, y de su mujer Doña Rosalía Martínez y Lora, que lo era de Paterna del Campo en el condado de Niebla. Tuvieron dos hijos: Don Pedro y Don Felipe, dando lugar éste último a la línea segunda establecida en el Archipiélago. 

Don Pedro Fernández-Prieto y Martínez nació en Sevilla en 1764 y se avecindó en Santa Cruz de Tenerife, donde fundó una próspera compañía de comercio dedicada especialmente a la exportación de vinos a América junto a su hermano Don Felipe, que dirigía la oficina principal en la misma Sevilla. Casó Don Pedro en Santa Cruz de Tenerife, en el año 1811, con Doña Antonia Delgado y Delgado, nacida así mismo en Sevilla en 1786, y falleció en Santa Cruz de Tenerife el 2 de mayo de 1816. De Este matrimonio nació en esta capital en 1816, entre otros, Don Francisco Ramón Fernández-Martínez y Delgado, capitán de la Marina Mercante, que casó en Tinajo, Lanzarote, el 24 de junio de 1847 con Doña María de la Concepción de Béthencourt-Ayala y Mújica, hija de Don José Luís de Béthencourt-Ayala y Aguilar, padres de Don Francisco, gentilhombre de Cámara del Rey Alfonso XIII y de Doña Benjamina Fernández de Béthencourt, casad en La Laguna el 21 de octubre de 1872 con Don. Antonio Domínguez Alfonso (1849-1917), doctor en Derecho, gobernador civil de Manila, diputado a Cortes en varias legislaturas y senador del Reino. 

La Segunda línea de esta familia iniciada con Don Felipe Fernández-Prieto y Martínez se continuó en su hijo Don José María Fernández y Gómez, doctor en Medicina, que casó en La Orotava en 1824 con Doña Julia Benítez de Lugo y Lugo-Viña (1795-1874), de cuya unión nació Don José María Fernández y Benítez de Lugo, que contrajo matrimonio con Doña Justina Cúllen y Calzadilla, naciendo Doña Ángela Fernández Cúllen (1852-1948) última de su apellido en Tenerife, dado que de su matrimonio con Don José María Hernández-Leal y García Mesa, no tuvo descendencia. 

En cuanto a la familia materna de Don Francisco Fernández de Béthencourt, sus antecedentes son más conocidos. Los Béthencourt – que también adoptaron el apellido Betancor, Betancour, pariente y heredero de Jean de Béthencourt, que nación en el castillo de Grainville en 1362 arribó a Lanzarote en 1402 y cuyo nombre abre la historia de la incorporación del archipiélago a la Corona de Castilla como señor feudatario de las Islas Canarias en el reino de Enrique III de Castilla. 

Maciot tuvo una hija, llamada Inés Margarita de Béthencourt (Abreu y Galindo la llma Luisa y Viera y Clavioj, Leonor), con una una hija del rey Guadarfia de Lanzarote que casó con un caballero francés llamado Arriete Prudhomme (Perdomo) – que dio su nombre a un lugar de la isla de Lanzarote, aún conocido por Arrieta, donde levantó su casa – y de cuyo matrimonio descienden los Béthencourt de Madeira y Azores y los de Canarias. 

La descendencia de Maciot de Béthencourt en las Islas Canarias es muy numerosa y su apellido, al poder adoptar los interesados, conforme a la costumbre de la época, en primer término el materno, elegido en este caso reiteradamente, en atención sin duda a su relevante origen, se extendió a la rama del apellido, Béthencourt-Ayala, originada por el matrimonio en el siglo XVI de Don Gaspar de Béthencourt con Doña Francisca de Ayala. 


[2] SORIANO Y BENITEZ DE LUGO, Alfonso, Cien años de la primera visita regia a Canarias, 2006. 127 p. Fundación Canaria MAPFRE Guanarteme. 

[3] En las elecciones celebradas el 1 de febrero de 1891 en Tenerife, resultaron elegidos diputados a Cortes, además de Fernández de Béthencourt, Don Guillermo Rancés y Esteban, luego marqués de Casa Laiglesia, conservador, que derrotó a Villaba Hervás, republicano, y Don Antonio Domínguez Alfonso, fusionista, que derrotó a Don Juan García del Castillo, Conde de Belascoaín. 

Entre las intervenciones de Fernández de Béthencourt en el Congreso de los Diputados, relata Guimerá Peraza, que recién elegido, en la sesión del 12 de mayo de 1891, se lamenta de los gastos del “sistema errante y volandero de funcionar los Tribunales en Canarias” y acusa al partido liberal de haber privado a Santa Cruz de Tenerife de una Audiencia Criminal, pidiendo su establecimiento en dicha capital y un estado de cuentas. 

[4] En las elecciones del 10 de mayo de 1903 obtuvieron acta para el Senado por la provincia de Canarias, además de Fernández de Béthencourt, Don Fernando León y Castillo, luego primer marqués de Muni, y Don Juan García del Castillo, Conde de Belascoaín. 

Para justificar sus rentas – la Constitución de 1876, art. 22, número 11, exigía para ser senador acreditar una renta anual, con dos años de antelación, de veinte mil pesetas o pagar cuatro mil de contribución directa – presentó Fernández de Béthencourt una certificación del Registro de la Propiedad Intelectual de 4 de diciembre de 1903, en la que acredita la inscripción de sus cuatro primeros tomos de la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española y una escritura pública de fecha 18 de noviembre del mismo año en la que consta que desde el año 1901 tiene concertada con su impresor y editor “…la venta de los once tomos de su obra “Anales de la Nobleza de España” (luego varió su nombre por el de Anuario) al que habrá de entregarle igualmente “…los mil ejemplares del tomo primero de la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española; Casa Real y Grandes de España a principios del mes de junio próximos y sucesivamente los demás tomos hasta el duodécimo en igual fecha de los años subsiguientes”. A cambio su editor “…le entregará cada año la cantidad de veintidós mil quinientas pesetas”. El precio de cada tomo de esta obra se fijaba para los suscriptores en España en treinta pesetas y de treinta francos para el extranjero. Fuera de suscripción, respectivamente, en cincuenta pesetas y en cincuenta francos. 

[5] Además de Fernández de Béthencourt han sido también académicos de la Real Academia Española los siguientes canarios: Fray Juan de Interián de Ayala (1656-1730), Predicador del rey Felipe V, que fue uno de sus fundadores en el año 1713 y que, aunque nacido en Madrid, era de familia tinerfeña; los también tinerfeños Juan de Iriarte y Cisneros (1702-1771); Bernardo de Iriarte y Nieves-Ravelo (1735-1814) y Don Antonio Polier y Sopranis, primer marqués de Bajamar (1722-1813); el gran canario Don Benito Pérez Galdós (1843-1920) y el lanzaroteño Don Blas Cabrera Felipe (1878 – 1945). Pueden ser, así mismo, considerados canarios, aunque no nacieron en las Islas, Don José Antonio Álvarez de Abreu y Bertodano, II marqués de la Regalía (1717-1775) y su hermano Félix (1722-1766), ambos hijos del ilustre palmero Don Antonio José Álvarez de Abreu, primer marqués de la Regalía (1683-1756). 

[6] Andrés Borel D`Hauterive, escritor y genealogista francés, nacido en Lyon en 1812 y muerto en 1896, fundador de “Annuaaire de la Noblesse”, que se publicó a partir de 1848 y autor de diversas publicaciones de carácter genealógico en Francia. 


BIBLIOGRAFÍA: 

Tomo V del Anuario de la Nobleza – años 1915 y 1916 – (obra póstuma) en el que aparece su biografía y publicaciones; Introducción al Nobiliario de Canarias de José Peraza de Ayala (Tomo I); Crítica de la obra del Señor Fernández de Béthencourt, Madrid 1900, de Félix Spínoa y Grimaldi: La obra del Señor Béthencourt” en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid 1904, y Revista de Historia y Genealogía Española V, Madrid 1916.

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